viernes, 17 de diciembre de 2010

Historia del jabón

El nacimiento del primer jabón se pierde en la noche de los tiempos. Nadie sabe cuándo o dónde se hizo el primer jabón. La leyenda romana afirma que el jabón fue descubierto a los pies del monte Sapo, junto al río Tíber. El agua de la lluvia arrastraba la grasa de los numerosos sacrificios animales, que allí se realizaban, mezclada con las cenizas de madera (de los fuegos ceremoniales). Los esclavos notaron las propiedades, del agua de esa parte del río, para limpiar, primero sus manos y luego las prendas de vestir.

Los restos de jabón más antiguos se encontraron en tarros de arcilla de origen babilónico alrededor de 2800 a.C. Las inscripciones en los cilindros describen la mezcla de grasas hervidas con cenizas. Éste es un método de fabricación de jabón, utilizado probablemente como aderezo para el peinado.

La referencia literaria más temprana sobre el jabón fue encontrada en las tabletas de la arcilla que datan del III milenio a.C. en la Mesopotamia (Sumer). Estos escritos contienen una receta para hacer jabón hirviendo una mezcla de potasa, aceite, resinas y sal. Esta mezcla era empleada principalmente para tratar las fibras textiles como la lana y la piel. De aquí surge el famoso jabón de Alepo, el rey de los jabones con un gran efecto terapéutico que todavía hoy día goza de gran prestigio.

Los fenicios alrededor del siglo 600 a.C. utilizaban jabón en la limpieza de las fibras textiles de lanas y algodón, como también en la preparación para tejer los paños.

El tratamiento de la grasa con un álcali –la ceniza es un álcali como también lo es la soda- se ha practicado en el Oriente Medio por lo menos durante 5000 años. Los antiguos israelitas habían detallado las leyes que gobernaban la limpieza personal. Los relatos bíblicos sugieren que se  sabía que las cenizas y el aceite al mezclarse daban una clase de producto para lavarse el cabello.

Los egipcios pueden haber hecho un descubrimiento semejante. Del Antiguo Egipto proceden testimonios referidos a sustancias jabonosas o detergentes; para realizarlos, ellos empleaban  la tierra de batán, el natrón y los altramuces machacados. Sí que aparecen menciones a mezclas que efectuaban con aceites y grasas pero el objetivo de estos ungüentos era más bien medicinal.

La palabra jabón está vinculada desde sus orígenes a la tradición helénica con una figura femenina. El primer jabón tuvo como nombre “pie de doncella”, denominación que puede ser tomada al pie de la letra. Homero (siglo VIII a.C.), el autor de La Ilíada, hace alusión a él en el capítulo que dedica a la bella Nausica, hija de Alción el rey de los feacios y enamorada de Odiseo. En dicho pasaje se describe a Nausica y a sus doncellas lavando ropa con los pies en un río de aguas cristalinas, y aunque no precisa qué sustancia detergente usaban, queda bien clara la relación del "pie de doncella" con el acto de lavar. La palabra lavandera y el verbo lavar están relacionados a su vez con lavanda, nombre latino de la planta espliego que se utilizaba para aromatizar la ropa ya limpia.

Al igual que el resto de sociedades antiguas, la civilización clásica también empleó el jabón. Así lo permite atestiguar el descubrimiento de unos restos arqueológicos hallados en la ciudad romana de Pompeya y que han sido interpretados como una fábrica de jabón, datan del II milenio a. C.


Es bien sabido que los romanos construyeron sus baños públicos cerca de 312 a.C. Los baños públicos romanos eran verdaderos palacios donde podían bañarse hasta 2.500 personas. Los llenaban con el agua de su  sistema de acueductos. Los  acueductos eran sistemas de canales que llevaban agua de los ríos a las ciudades romanas. Los romanos inventaron la plomería interior utilizando cañerías o tubos de plomo. De hecho la palabra “plomería” viene de la palabra en latín para plomo—plumbum.

Los bañistas que ingresaban a estos "templos del aseo" confiaban sus túnicas al guardarropa o capsarii. Luego pasaban al "frigidarium", donde se bañaban con agua fría, y después al "tepidarium" de agua tibia. Luego los esperaba el "caldarium'', una especie de sauna que provocaba abundante transpiración. Más tarde, unos servidores, los "strigile" se dedicaban a limpiar a los concurrentes el sudor y depilarlos. Acto seguido, los "tractatores" o masajistas distendían los músculos de sus clientes para luego dar paso a los "unctores", quienes los untaban con aceites perfumados.

Finalmente, el romano se cubría con su manto bien caliente y se frotaba la frente con un pañuelo de lino, para quitar los excedentes de estas sustancias. Era muy común utilizar el "susinun", un ungüento preparado a base de cañas aromáticas, miel, canela, azafrán y mirra.

Los griegos y romanos de entonces frotaban sus cuerpos con aceite de oliva y arena. Un raspador, llamado strigil, era utilizado para quitar luego la arena y el aceite de oliva junto con la suciedad, la grasa, y las células muertas de la piel. La piel era finalmente frotada con preparados a partir de hierbas aromáticas.

Plinio el Viejo, en sus textos de historia (77 d.C) dice que los galos (en el siglo IV a.C.) hacían el jabón con el sebo de las cabras y la ceniza de la haya (potasa), utilizándolo como un tinte (para teñir los cabellos de rubio) y ungüento para el pelo. También menciona el uso de la sal común, agregada a la mezcla, para endurecer las barras de jabón.

Parece ser que el propósito del uso del jabón durante el segundo siglo, era estrictamente medicinal, por ejemplo para el tratamiento de dolores de la queratitis escrofulosa (Scrofulous keratitis). Galeno (siglo II d.C.) fue el primero en mencionar el jabón para la higiene personal o el lavado de las ropas. También observó que la limpieza tenía un efecto curativo en las enfermedades de la piel.

Hay una falsa idea popular que sostiene que en la Edad Media la gente no se bañaba a menudo. Al contrario, había muchos baños públicos. Los nobles y los comerciantes ricos tenían sus propios baños privados con grandes tinas de madera y empleaban abundantemente las barras del jabón.

Fue durante la Baja Edad Media, con la caía del Imperio Romano y las invasiones bárbaras (año 467 d.C.), los europeos dejaron de bañarse.  Los baños públicos eran cerrados porque las autoridades de entonces pensaban que estos baños promovían la extensión de las epidemias. La gente estaba desaseada, los alimentos no se lavaban antes de consumirlos, y las viviendas no eran limpias. Durante la Edad Media, mucha gente se enfermó y algunos murieron. Como las personas y las viviendas no se aseaban, las plagas eran muy comunes.
Sin embargo, el mundo musulmán continuó investigando en el terreno (el islam tiene condiciones importantes con respecto a la higiene, así que, a diferencia del cristiano, este debe estar muy limpio siempre) y fueron los primeros en introducir la cal a las cenizas de la lejía, de hecho, la palabra álcali deriva del árabe “al-qali”, cuyo significado es ceniza.

En Europa, el jabón es mucho más tardío y hasta el siglo VII, no empieza a extenderse su uso. Los gremios de jaboneros se empiezan a dar por toda Europa (Francia, Italia, España, etc.), pero se convierte en un artículo de lujo, por estar sujeto a los Monopolios Reales que gravan el producto con impuestos demasiado elevados, por lo que solo están al alcance de las clases altas.

 Los primeros jabones se elaboran a base cenizas de maderas, plantas barrileras y algas, mezcladas con aceites, grasas y sebos de animales y agua. Una potente industria se desarrolla en España e Italia y algunos atribuyen a la ciudad italiana Savona ser una de las primeras en elaborar un jabón de aceite de oliva que también hacían los musulmanes, y que se conoce en España y en todo el mundo como jabón de Castilla.

En el siglo X, Europa sufría una gran despoblación y las plagas y epidemias elevaron el índice de mortandad adulta e infantil. Dicen que la primera gran industria jabonera la implantaron los árabes a finales del siglo XI en Sevilla, en la calle Castilla, sólo con la autorización del monarca reinante, todo el que lo quería fabricar, utilizar, transportar o vender le pagaba impuestos por ello. Las fábricas de jabón se llamaban almonas. La más famosa de estas almonas fue la de Triana (Sevilla), que funcionó durante 400 años, y en la que se hacía el conocido jabón Castilla. El jabón duro proviene de un invento musulmán, el jabón en aquellos tiempos no era duro. El Hidróxido de Sodio fue combinado con aceites vegetales, esencias y tomillo para lograr el jabón que hoy conocemos todos, se fabricaba por Palestina e Iraq y tenían tanto distintas fragancias como colores y hasta jabón para afeitarse.

En Inglaterra del siglo XII, un jabón suave, de origen francés, probablemente como resultado de la invasión normanda, era utilizado por las clases altas, por los altos impuestos que soportaba. Era una mezcla de la grasa del cordero, ceniza de madera y soda cáustica, que conservaba la textura de la grasa. En Inglaterra fue fabricado comercialmente a partir del siglo XIV y dos siglos después, grandes cantidades de jabón de Castilla fueron importadas de España, mientras duró la paz. En 1638 se crea una empresa de fabricación de jabón cuyos productos se usaban principalmente para el lavado de ropa. Existía un agua de tocador o agua de mirra, con la que las mujeres inglesas embebían un paño y se lo pasaban por el rostro a la noche.

En el siglo XIII Marsella, Génova, Venecia y Savona se convirtieron en centros del comercio debido a su abundancia local de depósitos de aceite de oliva y de soda, pero fue en la ciudad Italiana de Savona (a la cual debe su nombre) donde se empezó a elaborar un jabón a base de aceite de oliva conocido como “Jabón de Castilla”. La industria jabonera floreció, favorecida por la abundante presencia del aceite de oliva y la sosa natural, procedente de las cenizas de algas marinas. En el siglo XV aparece el jabón de Marsella, el precursor de los jabones actuales, preparado con una mezcla de huesos (ricos en potasio) y grasas vegetales.

La mayoría de los fabricantes de jabón no tenía ninguna idea acerca de lo que ocurría durante el proceso. Ellos empleaban el método de ensayo y error, confiando en la suerte, y creyendo en muchas supersticiones.

Los habitantes del Renacimiento no eran muy afectos a conservar el cuerpo limpio y preferían en cambio cubrir los olores con perfumes debido a una percepción más puritana del cuerpo, que se consideraba tabú, y a la aparición de enfermedades como la sífilis o la peste, que se propagaban sin que ningún científico pudiera explicar la causa. En esta misma época de finales de la Edad Media, ante la gran expansión de la epidemia de la peste negra el baño pasó a considerarse una actividad peligrosa por las creencias de que el agua y las humedades eran altamente contagiosas. Esto ocasionó que la gente apenas se diera baños ni lavara sus prendas ni hogares agravando, sin ellos saberlo, de esta manera la expansión de la epidemia.

La fabricación de jabón siguió siendo un arte relativamente primitivo hasta el siglo XVI, cuando fueron desarrolladas las técnicas que proporcionaron un jabón más puro.

En el norte de Francia, donde era más difícil producir aceite de oliva, los fabricantes recurrieron a las grasas animales, incluso recurrieron a los aceites de los pescados. Los jabones eran de mala calidad y sólo eran adecuados para el lavado de paños textiles y ropa.

Se cuenta que cuando en 1549 le obsequiaron un jabón a la duquesa de Julich (Alemania) se sintió muy ofendida.

No fue sino hasta el siglo XVII que la limpieza volvió a tener importancia en el estilo de vida, pero el jabón era considerado un objeto de lujo. La mayoría de las personas no podía costearlo. Durante este tiempo, los que hacían jabón guardaban sus fórmulas muy cuidadosamente, y los gobernantes de Europa le ponían un alto impuesto al jabón. El procedimiento de hacer jabón se mantenía secretamente en los monasterios desde el siglo VII, y gradualmente se usó tanto para el afeitado, para hacer champú, y lavar la ropa.

Los primeros colonos norteamericanos trajeron una fuente abundante de jabón junto con ellos. Una lista de embarque de El Talbot, una nave de la Massachusetts Bay Company, que llevó personas y carga de Inglaterra a sus colonias en Naumbeak (ahora Salem y Boston), consigna un "firkin" de jabón. El firkin es una vieja medida de un barril de cerca de nueve galones de capacidad. John Winthrop, el primer gobernador de la colonia de la bahía de Massachussets, cuando escribió a su esposa en 1630 incluyó el jabón en su lista de necesidades.

Una vez instalados, los colonos prepararon su propio jabón para no depender de los envíos ingleses. El jabón de lejía era difícil de hacer y era muy irritante para la piel. Sin embargo era barato, y los materiales de los que se hacía eran fáciles de encontrar. Para hacer jabón de lejía, los pioneros mezclaban lejía con aceite. La lejía proviene de las cenizas, y el aceite que utilizaban venía de la grasa del cerdo o sebo. Para hacer lejía, ellos vertían agua sobre las cenizas sacadas de la chimenea. Luego separaban el agua y la filtraban. Las cenizas no se disolvían en el agua pero la lejía sí lo hacía. Para obtener el aceite, los pioneros calentaban la grasa de cerdo en una cacerola bien grande hasta que se desprendiera el aceite. El aceite entonces se hervía y la costra que se colectaba en la parte de arriba se removía y se descartaba. El aceite y el agua de lejía se mezclaban y se obtenía jabón de lejía. El proceso tomaba varios días y el jabón de lejía era tan irritante que quemaba la piel y los ojos de los pioneros. Su preparación era una actividad que generalmente se realizaba una vez al año. Quienes no sacrificaban animales, guardaban el aceite de las frituras para preparar su jabón como lo siguen haciendo algunos norteamericanos hoy en día.

En 1783, el químico sueco que Carl Wilhelm Scheele hirvió aceite de oliva con óxido del plomo, produciendo una sustancia azucarada que llamó a Ölsüss, (glicerina). Esta reacción es la que ocurre en el actual proceso de fabricación de jabón. Curiosamente, Scheele unos años antes (1774) había aislado el cloro elemental, tan empleado en la actualidad para el aseo de los hogares.

El descubrimiento accidental de la glicerina estimuló a otro químico francés, Michel Eugène Chevreul, a investigar la química de las grasas y de los aceites empleados para fabricar jabón. En 1823, el francés descubre que las grasas simples se descomponen en presencia de un álcali para formar los ácidos grasos y los gliceroles. Con todo, la fabricación del jabón alcanza la madurez en 1791, cuando el químico francés Nicolas Leblanc, inventó un proceso para obtener el carbonato de sodio, o soda, de la sal ordinaria, con el que los artesanos pudieron fabricar el jabón sódico a escala industrial a través de la sosa cáustica, y no a partir de cenizas como se había hecho hasta entonces.


A partir de 1789 desaparecen los monopolios reales, fecha que coincide con el revolucionario invento de Leblanc. Fueron estos hechos los que dieron lugar a una verdadera industria jabonera, que se extendió por todos los países europeos. El producto se abarató ostensiblemente y su uso se generalizó a todas las clases sociales. De este modo empezaron a desaparecer enfermedades de la piel, y sobre todo su contagio, que afectaban de forma particular a la infancia.

El uso de ropa interior no estuvo al alcance de las clases medias y humildes hasta 1799, hace tan solo un par de siglos. Fue gracias a la gran aportación que hizo el químico británico Charles Tennant, quien mediante la reacción de cloro gaseoso con cal apagada, obtuvo un polvo - el llamado “polvo blanqueador”- que sirvió para blanquear el algodón, un tejido barato al alcance de cualquiera, generalizándose el uso de la ropa interior, lo que obligó a la industria jabonera a multiplicarse para poder lavar todo el textil que empezó a producirse a finales del siglo XVIII.

Todo esto, unido al uso de la ropa interior, fue lo que condujo a la afirmación en la época de un hecho trascendental: gracias al uso del jabón y su repercusión en la higiene, se hizo posible el crecimiento de la población de Europa, debido a la disminución de las causas de la mortalidad.

En consecuencia, en el siglo XIX la población en Europa se triplicó y la esperanza de vida pasó de los 30 a los 50 años, sólo y exclusivamente por el uso del jabón. Puede por tanto afirmarse que el nacimiento de la industria del jabón fue tan importante para la sociedad como lo fue la máquina de vapor en la Revolución Industrial.

Es en 1903, en Alemania, aparece el primer jabón en polvo, en seco y empieza a desarrollarse el jabón de forma sintética, se industrializa, perdiendo así la función terapéutica que venía desarrollando hasta entonces.

La Primera Guerra Mundial, cuando la grasa escaseaba, llevó a los químicos a usar sustancias sintéticas, lo que actualmente conocemos como detergentes, que se combina con sales minerales y produce sustancias indeseables que contaminan nuestro ambiente, como fosfatos, surfactantes, derivados del petróleo, que hasta la actualidad encontramos en detergentes y jabones comerciales, combinados o no con jabón, como blanqueadores, enzimas, ablandadores, y geles químicos.

A mediados del siglo XIX llegaron de nuevo grandes cambios, entre ellos la primera lavadora mecánica. Era como una bañera cerrada con agitadores de madera, lo que permitía una mejor postura, no tener las manos siempre mojadas y ahorrar tiempo en el lavado. El jabón de barra era un producto de lujo que cuyo uso se hizo común recién en el siglo XIX.

Los descubrimientos científicos, junto con el desarrollo de la energía para operar las fábricas, hicieron de la manufactura del jabón una industria importante. La amplia disponibilidad del jabón hizo que pasara de ser un artículo de lujo a una necesidad diaria. Al generalizarse su uso, vino el desarrollo de jabones más suaves para el baño y el aseo personal y otros para usarse en las primeras lavadoras de ropa.


Los primeros detergentes aparecieron en 1916 en Alemania, pero realmente no despegaron hasta la Segunda Guerra Mundial. En este periodo había escasez de grasas animales y vegetales, fundamentales para la fabricación del jabón, y por ello se empezaron a utilizar otros ingredientes químicos que resultaban mucho más económicos y fáciles de manipular.


Durante la Segunda Guerra Mundial, los estadounidenses desarrollaron un tipo de jabón que podía utilizarse con agua del mar, pensando en los marines destinados en el Pacífico: así nació el jabón dermatológico, el menos agresivo de todos los jabones.

A partir de 1950 los productos de jabón fueron gradualmente sustituidos por detergentes sintéticos. Se trata de productos no jabonosos para lavar la ropa que son "sintetizados" o mezclados químicamente a partir de una variedad de materias primas. Esta combinación funcionaba muy bien porque eliminaba bien las manchas, y los detergentes se convirtieron entonces en un producto común en todos los hogares, superando las ventas del jabón tradicional que prácticamente se había quedado reducido al jabón en pastillas y en escamas. Algunas innovaciones fueron los polvos para lavadoras automáticas, los suavizantes de ropa, los detergentes con blanqueador, polvos con enzimas, anti manchas, detergentes concentrados,… y un sinfín más de productos con los que se están creando nuevas necesidades a los consumidores.

Pero todo ese desarrollo de productos químicos despertó también la preocupación por sus efectos en el medio ambiente. Aparecieron las primeras plantas de tratamiento de aguas y una mayor conciencia medioambiental puso en entredicho la inclusión de algunos compuestos químicos dañinos de los detergentes, como los fosfatos, y animó el desarrollo de los ingredientes biodegradables, que se eliminan con facilidad y pueden ser asimilados por algunas bacterias.

Hoy en día todavía se sigue luchando para evitar los problemas ocasionados por el desecho desmedido de los detergentes: espumas, que dificultan la dilución de oxígeno en el agua; toxicidad en la agricultura al utilizar aguas con restos de detergentes; contaminación en la vida acuática; y la eutrofización, que hace que proliferen muchas algas, produciendo una notable disminución del oxígeno necesario para la fauna acuática.

Diversos avances se han logrado ya al respecto, pero todavía queda mucho por hacer para que todas las empresas fabricantes de detergentes sean conscientes y cambien sus prioridades hacia la utilización de una química más verde que recupere a la esencia de los primeros limpiadores más naturales.

La glicerina

Alrededor del año 600 a. C., los fenicios divulgaron el conocimiento alquimista de cómo hacer jabón, unos siglos más tarde, tuvo su difusión a través de Marsella, en los galos y en los pueblos germánicos. Anteriormente este compuesto orgánico no se llamaba "glicerina" o "glicerol," porque estos nombres se crearon en el siglo XX. En el siglo XIV durante el reinado de Carlos I, la corona inglesa monopolizaba el comercio y la fabricación de jabón. En el siglo siguiente, este conocimiento se tomó de la alquimia para la química, un ejemplo histórico estaría en el del químico inglés Claude Joseph Geoffroy (1741), que intensificó sus estudios sobre la naturaleza de las grasas, lo que le llevó al descubrimiento de la glicerina. Menos de 40 años después, el químico sueco Carl Wilhelm Scheele fue el primero en aislar este compuesto en 1779, calentando una mezcla de litargirio (PbO) con aceite de oliva. Fue él quien formalizó el descubrimiento de que las grasas y aceites naturales contienen glicerina.